martes, 23 de enero de 2018

LOS LIBROS DE ARENA: Crónica de una lectura anunciada







Corría la tarde del miércoles 3 de enero. Yo transpiraba en mi casa, derritiéndome con el aire caliente que se colaba por las ventanas abiertas, mientras esperaba que llegara el horario en que el consejo médico habilita a los ciudadanos a tomar sol en verano. Antes de las once o después de las cuatro y pico, cinco. Entre esas horas, no me asomo al aire libre, exceptuando algún mandado al que me aventuro con gorro, lentes de sol y protector solar generosamente untado en la piel.
Pero ni siquiera el calor podía disipar una pregunta que me venía inquietando desde hacía tiempo: ¿qué lee la gente en la playa? Esa mañana una nota de El País se había adelantado a la idea que yo tenía, pero de un modo un poco distinto, quizá un atajo para eludir la cuestión de fondo. El diario se había hecho presente en varias librerías maldonadenses (el que conoce, entiende que no todo es “fernandino”) para entrevistar a los libreros, y terminaron reafirmando lo que todos sabemos: que los más vendidos son tales y cuales libros, que la gente sigue creyendo en la lectura astral de Ludovica, como si fuéramos sumerios, y que  Dan Brown sigue cautivando a los lectores con sus inquisiciones contra la religión y los mitos.

Pero yo leía la nota y desconfiaba de si respondía lo que yo quería saber: ¿qué está leyendo la gente en la playa? ¿Puede una lista de libros más vendidos hablar de la realidad de las lecturas playeras? Me temía que no. Suponía que esa estadística daba cuenta de un universo acotado de lectores playeros: algunos turistas que, en el apuro de disfrutar de su semana de ocio tendidos en la arena, quieren despuntar el vicio de introyectarse un novelón mientras se asan al sol. Y aún esta caricatura me resultaba sospechosa: ¿existe ese tipo de turista? Sin duda que sí, pero… ¿sería ese el estereotipo que engloba la generalidad, o solo el ícono del visitante que los uruguayos gustamos de plasmarnos en la cabeza? Decidí salir y averiguarlo.


Trataba de avanzar por la arena mojada de la orilla cuando era posible, porque el resto de la playa resultaba imposible de pisar. Aquello parecía un desierto arábigo. La técnica era sencilla: iba mirando atentamente hacia el cordón de sombrillas y reposeras que se extendía sobre la majestuosa costa maldonadense, buscando personas sumidas en el placer de la letra escrita. Había bajado a la rambla por la calle que lleva a la parada 25 de la Mansa, y decidí que lo aleatorio me iba a acompañar esa tarde. Así que empecé por ahí. También sería aleatorio el número de entrevistados, porque no pretendía hacer de este texto un estudio científico. Solo buscarle una mejor formulación a mi pregunta inicial, y a la desconfianza hacia las estadísticas editoriales.

Caminé un poco y di con unas muchachas que estaban recostadas en toallas y sillas desplegables, leyendo dos de ellas, y entonces comencé. Primero hable con Analía, una contadora de 31 años, que estaba leyendo “Marlene” de Florencia Bonelli. Ya había leído un libro de la autora, pero no recordaba el título, solo que le había gustado. Dijo que “para el verano me gusta una lectura más liviana” y “que tenga un poco de historia”. Además, aclaró que lee más en verano que en el año y que estimaba que leería dos libros más en lo que quedaba del verano. Con esta primera entrevista se asomaron dos verdades que luego corroboré ampliamente: la gente lee más en verano y gusta mucho de la ficción histórica. A su lado, estaba María, también de 31 años, que trabajaba en finanzas. Leía en el idioma original “Misbehaving” de Richard Thaler, Premio Nobel de Economía 2017, en un libro electrónico. “Es mucho más práctico. No tenés que ir cargando libros, ¿viste?”. Continuó repasando los beneficios de este tipo de aparatos. “Es re práctico, y tenés el diccionario encima”. Además resultó que Thaler fue su profesor en la universidad y, otro dato tal vez más curioso aún, es que en su Kindle aguardaban las memorias de Marco Aurelio, y se la veía muy entusiasmada por comenzar a leerlas. No tuve que preguntarles para darme cuenta de que eran argentinas. Decidí no agregar la pregunta por la nacionalidad en las siguientes entrevistas dado que no me parecía útil a los efectos de lo que quería averiguar. Además, de mis 41 entrevistados (abordé a 43 personas, pero un hombre algo soberbio y una mujer tímida rechazaron su participación) todos eran uruguayos y argentinos, y no se percibían diferencias ostensibles en el tema que nos convoca. Agradecí y me fui.


Inés no quería dar su nombre de pila, pero finalmente lo confesó, aunque respondió un tanto ofuscada. Leía “El sari rojo” de Javier Moro. Werner, locutor fernandino de 67 años, “nacido y criado” en el departamento, se mostró mucho más amable. Su libro se llamaba “La fronda”, tenía más de 700 páginas y él explicó, con su voz cavernosa, que era un libro sobre los primeros habitantes de Maldonado, escrito por Gustavo Lafferranderie, pero que hacía una hora que iba por la misma página porque su mujer le hablaba y no lo dejaba concentrarse, además no era un lector habitual.
Camila, 23 años, estudiante, disfrutaba de “El mundo perdido” de Michael Crichton, una secuela de “Parque Jurásico”. “Lo que es ciencia ficción, fantasía, novelas de ese estilo, me encantan”, comentó.
Carolina, 40 años, ama de casa (para quienes creen que la playa de Maldonado es privativa de la clase pudiente), leía “No es digno, pero es legal” de Darwin Desbocatti, uno de los pocos autores que se repitió en mi acotada investigación. Confiaba en que el verano le iba a dar para leer dos libros más.
Tomás, ingeniero electrónico de 24 años, leía con auriculares puestos y cuando me acerqué a interrogarlo, me hizo un gesto de reprobación, y al insistirle me dijo que no tenía plata. Tuve que quedarme frente a él unos segundos más para que se sacara los auriculares y pudiéramos tender un puente comunicativo. Leía una de las tantas entregas de la saga “Warhammer”, basada en un famoso juego de rol, que mezcla la fantasía y la estética medieval. En sus ojos brillaba la luz de los aficionados.
Guillermo, licenciado en sistemas de 50 años leía “Ensayo sobre la lucidez” de José Saramago. Se declaraba buen lector y leía de todo, “política, filosofía, economía, ensayos”. Era su tercer libro del verano y aspiraba a leer tres o cuatro más.
Eugenio, contador público de 56 años, tenía entre sus manos “El ejército de dios” de Sebastián Roa. “Leí otras novelas históricas pero no me acuerdo mucho de los autores”, me contaba. Acorde a la estimación promedio, él también creía que leería dos libros más este verano.
Valeria, “trabajadora” (sin especificar más nada) de 39 años, leía la biografía del Che Guevara, escrita por Pacho O’Donnell, o “pocho”, como lo bautizó ella mientras buscaba nerviosa el nombre del autor en la tapa. No le gustaba la ficción. Fue la primera en ingresar al club de las erratas, junto con otros más que ya irás conociendo, querido lector.
Gustavo, contador de 40 años, también leía en un formato electrónico. La tarde parecía derivarse hacia las erratas, porque al igual que Valeria, Gustavo falló, diciendo que leía “1984” de Orson Welles. Le dije “George Orwell” y se sonrió, corrigiéndose al instante. Quería un libro “para distenderse y a su vez para pensar”.
Marcelo, empresario de 59 años, leía “El origen” de Dan Brown. “Prefiero este tipo de novelas que te atrapan un poco, ¿no?”, me explicaba.
María, maestra de 39 años, devoraba vorazmente “Una herencia misteriosa” de Danielle Steele, y yo pensé que por fin surgía un clásico de la novela rosa. Ella fue una de las pocas que respondió que leía más libros en el año que en verano.
Carlos, escribano y abogado de 38 años, se entretenía con “El secreto de Grey Mountain” de John Grisham. Le gustan los libros thriller “por culpa” de su madre, pero lamentó leer poco por tener “dos nenas chicas”.


Cristina, odontóloga de 67 años, leía “Escrito en el agua” de Paula Hawkins, aunque dijo “jopkins”. Bienvenida al club de las erratas. “Leo mucho y leo lo que venga. No me gusta el teatro y no me gusta la poesía”, declaró dejando explícito algo que cualquiera que participe de algún modo en el mundo editorial puede comprobar. Iba a leer cinco o seis libros más y, off the record, me recomendó una página web para descargar libros.
Carlos, contador de 69 años, estaba al lado de Cristina y me dijo, fingiendo enojo, “me discriminás porque soy negro”. No era negro. Aunque no tuviera el libro consigo (y esa era la razón por la que no le iba a hacer la entrevista), también era lector y quería participar. Leía “Arn, el caballero templario” y no recordaba el autor (se trata del sueco Jan Guillou).
Adriné, analista consultora de 50 años, estaba leyendo “El cumpleaños secreto” de Kate Morton. Como la mayoría, no encuentra momento en el año para leer “sin dormirme”, y aprovecha el verano para gozar de la lectura distendida.
Camila, estudiante de 16 años, leía “Sangre inocente” de P. D. James. “Un libro que compré barato”, me justificaba su opción entre risas frescas. “Quería salir de mi zona de confort, que es la ciencia ficción y cosas modernas”. Sus carcajaditas pintaron de alegría hasta la última afirmación. “Voy a leer seis libros más; ya los tengo comprados”.
Margarita, “médico” (dijo sin lenguaje inclusivo) de 57 años, recién empezaba “La revolución de las madres” de Laura Gutman. Le interesaba “una visión distinta, por una psicóloga, del quehacer de las madres”.
Ana, estudiante de 26 años, tenía en las manos “El silencio de la ciudad blanca” de Eva García Sáenz de Urturi.
José, estudiante de Arquitectura de 25 años, le era fiel a su campo de estudios. Leía “La condición contemporánea en la arquitectura” de Josep María Montaner. “Me gusta algún libro didáctico, o poemas”, declaró, convirtiéndose en una de las rara avis de la tarde.
Y las rara avis se continuarían… Jorge, 61 años, es del norte uruguayo y está desocupado por el momento. Tenía ganas de conversar. Se fue del país en el 78, vivió mucho tiempo en distintas partes de Europa y América Latina, sobre todo en Colombia, y ha regresado para reencontrarse con las letras del norte del país, “recordando todas esas historias que yo también viví”. Solo lee literatura uruguaya. Llevaba muy avanzado el libro “Guyunusa, una mujer charrúa” de Guillermo Bertullo Santillán y calculaba que este verano iba a leer diez libros más.
Un hombre y una mujer estaban leyendo juntos. La cara del hombre me resultaba familiar. Me acerqué. Le pregunté primero a él, para sacarme la duda. “Alfredo, 69 años, diputado”, se presentó. Leía “La primera orden” de Alfonso Lessa. “Es la historia de la dictadura vista desde la perspectiva de Gregorio Álvarez”, me explicó. En off, para saciar la curiosidad del enigma que no lograba descifrar, le dije que yo era muy ignorante en materia de nuestra cámara de diputados, y le pregunté el nombre completo. “Alfredo Asti, Asamblea Uruguay, Frente Amplio”, terminó por barrer el misterio que me inquietaba. A su lado estaba Silvia, contadora de 52 años, leyendo “Mil soles espléndidos” de Khaled Hosseini, aunque ella lo pronunció “jusein”, estableciendo un inquietante paralelismo con un famoso personaje fallecido. Le di la bienvenida, en mi voz interior, al club de las erratas. Soy un firme convencido de que un amor consolidado puede suponerse cuando en una pareja los dos permanecen uno al lado del otro, leyendo en silencio, sin hablarse.
Ana, jubilada de 67 años, avanzaba con “Nacida bajo el fuego de Aries” de Florencia Bonelli. Bonelli formó parte de los autores que se repitieron en la tarde. “He leído mucho de la autora; también es cordobesa”, dijo, evocándome su terruño sin que yo lo preguntara.
Martín, estudiante de Economía de 19 años, leía “La gran brecha” de Joseph Stiglitz. Ya había leído “Cómo hacer que funcione la globalización” y se lo notaba entusiasmado.
Antonio, contador de 53 años, estaba con “¿Quién domina el mundo?” de Noam Chomsky, aunque cuando le pregunté el autor, para que quedara grabado, lo pronunció como “cromswik”, sumándose él también al club de las erratas.
Ana, bioquímica de 40 años, degustaba “La casa de Riverton” de Kate Morton. Ya había leído otros libros de la autora y confesó que la apasiona “lo que hace la autora con los tiempos, que va del pasado al presente y otra vez hacia el pasado”. Finalmente agregó con notorio orgullo que leía veinte libros por año.
Lucía, estudiante de Diseño de 28 años, llevaba bien avanzado el tomo primero de “Historia natural y moral de los alimentos” de Maguelonne Toussaint-Samat. Prefiere leer libros “así, de información”. Otra optimista que estimaba que leería diez libros más en verano, cuando la respuesta promedio era “uno o dos libros más”.
Julián, de 54 años, trabajaba en el Jardín Botánico. Otro lector que comenzaba el tomo I de una serie, pero esta vez de una larga entrega de libros. Se trataba de Juan Grompone y su “La danza de Shiva”. “Es de antropología, pero está relacionado con las plantas, que es lo que a mí me interesa”, explicó. A su lado estaba Pablo, ingeniero agrónomo de 84 años. Estuvo a cargo del Jardín Botánico por veinte años. Escudriñaba parsimoniosamente “El agua en el mundo” de Raymond Furon. “Es un libro apasionante, del año sesenta y pico, pero por supuesto que algunas cosas que dice son previsiones que se van cumpliendo”, sentencia como un oráculo veraniego. “Después de este, que ya llevo por la mitad, pensaba seguir con una novela de Grompone”, me dice, por lo que supongo que en esa familia son fanáticos del autor, o muy buenos amigos suyos. Calificó el tiempo de playa como “ocio productivo”.



Andrés, estudiante de Ingeniería de 27 años. Fiel seguidor de todos los libros de Henning Mankell, sus manos y sus ojos se abrían paso por las páginas de “Pisando los talones”. “A mí me gusta como escribe este loco, pero si me agarrabas hace tres días estaba leyendo “La política en el siglo XXI” de este loco, uno que estuvo en la campaña de Macri”, dijo refiriéndose al libro de Jaime Durán Barba y Santiago Nieto. “Soy un lector muy variado, pero leo en verano, en el año no hay chance”, confesó. “El verano pasado leí cuatro libros, este año me traje cuatro también, pero no sé, porque antes Maite era más chica”, dijo señalando a su nena, que jugaba en la arena junto a su mamá.
Alberto, empresario de 47 años, estaba leyendo “No es digno, pero es legal” del ya mentado humorista uruguayo de voz artificialmente ronca.
Karen tiene 19 años y estudia profesorado de Filosofía. Como yo también soy profesor, indagué un poco más. Era del IPA, por ende, uruguaya. Estaba acostada con “Cien años de soledad” de García Márquez, por lo que podría apuntarla en la lista de rara avis de esta nota. Cuando le pregunté por su filósofo favorito, no lo dudó. “Nietzsche”, dijo, pronunciando la “e” final, como corresponde.
Nora, consultora psicológica de 60 años, tenía la mirada clavada en “Breve historia de los argentinos” de Félix Luna. “Me gusta la Historia, no solo de Argentina, sino de India, de Arabia Saudí…”, me contaba desde su reposera de plástico. “Leí a Saramago en verano y me enamoré”, confesó. Ella fue una de las pocas personas que aseguró leer más durante el año. “El verano pasado también leí a Alessandro Baricco y me gustó mucho”, dijo, y afrancesó el apellido, pronunciando “baricó”. Bienvenida al club de las erratas.
María, modista de 34 años, estaba junto a dos muchachos (que calculo serían sus hijos), leyendo “El beso del destino” de Mary Jo Putney. “Tiene un poco de fantasía, se trata de las brujas en la época medieval, todo eso”, dijo, y cuando le pregunté si tenía algo de amor, agregó evidentemente entusiasmada, “decepciones, desamor”. Una sonrisa se le dibujó en la cara. Leía más en el año porque en verano tenía más trabajo. “Porque somos de acá”, dijo con el típico acento fernandino. En off, me comentó que le regaló “para Papá Noel a él”, señalando al menor de los muchachos, el primero de Stephen King, para que empezara a conocer al autor. El muchacho me siguió contando entusiasmado, y me alegré de que no haya sido una imposición materna sin eco en el joven.
Marcelo, abogado de 63 años, empleado de la petrolera YPF, me dijo “en este momento estoy leyendo “El socio” de Grisham”, pronunciando “grisjam”. Mentalmente, le abrí la compuerta principal del club de las erratas, pero sin hacer ningún gesto evidente. Antes había leído “El último Napoleon” de Carlos Roca.
Juan, agrónomo de 34 años, leía “Llamada a medianoche” de Nina Darnton. “La compré de casualidad en una librería”, dijo. “Leo algo fácil, nomás, como para distraerme”, siguió en su discurso de cariz distendido.
Diego, odontólogo de 50 años, tenía en las manos “Oros y espadas” de Daniel Balmaceda. “Son historias curiosas de la Argentina cuando era española”, me explicó. “Voy a leer un libro más; ya lo tengo comprado”, remató.
Thais, estudiante de 18 años que había terminado Secundaria y estaba por empezar Ciencias de la Comunicación, leía “Cementerio para lunáticos” de Ray Bradbury. “Es de ciencia ficción, pero medio complicado”, dijo y rio.

Caminé algo más, ya bastante cansado, y encontré a Marisa, ingeniera y analista financiera con edad ignota. “La edad no se dice”, me respondió sonriendo. “Estoy leyendo un libro que se llama “Betrayed Ally” y es sobre la historia de China en la Primera Guerra Mundial, el papel que tomó en todos los acontecimientos geopolíticos de la época”, explicaba disfrutándolo. Mientras escribo estas líneas, googleo y encuentro que es de dos autores: Frances Wood y Christopher Arnander. “Yo trabajo en la ciudad de Nueva York y todos los trimestres tenemos una pequeña reunión con colegas que les gusta leer también, cada uno propone artículos que nos resultan interesantes, compartimos, los discutimos, y después hay un líder, que es el que leyó cuatro o cinco libros durante esos tres meses, y nos los vende”, explicaba entre risas. “El verano se me termina este viernes, luego vuelvo al trabajo y al frío crudo”, dijo cuando culminaba nuestra conversación. Nos saludamos y me dispuse a regresar a la casa de mi madre, donde pasé buena parte de mi infancia y juventud, y donde me estoy quedando unos días para hacer esta nota (bah… para disfrutar… y también para hacer esta nota), pensando que bien puede ser un atajo cómodo escribir sobre las lecturas de verano yendo a preguntar a las librerías qué es lo que más se vende, pero el punto de vista meramente comercial jamás podrá revelar el misterioso mundo que se le revela a uno cuando realiza una caminata como la que me acabó dejando los pies hirviendo. ¿Qué lee la gente en verano? Libros. Muchos best seller, es cierto, pero que comparten lugar en la extensa arena con algunas joyitas que, como un minero cuidadoso, uno debe ir buscando con paciencia y optimismo.


Fabián Muniz

Brecha, 12 de enero de 2018.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tantas vueltas



La última novela de Mauricio Rosencof se inscribe en esta suerte de corriente narrativa contemporánea que colma las vidrieras de las librerías y que se ha dado en llamar “autoficción”. En este caso, Rosencof narra un episodio de la vida de sus padres, Isaac y Rosa, aunque este episodio bien valdría como ejemplo de la dura vida que llevaron los inmigrantes europeos en un Uruguay todavía en proceso de modernización pero que, por lejos, era mejor que la Europa devastada por la guerra.
A la puerta de Isaac y Rosa, dos judíos polacos que viven con sus hijos en Uruguay, se presentan dos hombres, de traje y corbata, con un papel que solicita el desalojo con plazo de diez días, firmado por el mismísimo dueño del inmueble. La novela, evitando la narración de cronología lineal, es una permanente deriva por los recuerdos y pensamientos de Doña Rosa, para luego retornar siempre a la escena del desalojo. Ese ir y venir de los recuerdos a la realidad, y de la realidad a los recuerdos, es la calesita que da título a la novela.
Ahora bien: una novela no solo es su tema, su asunto o anécdota; es, sobre todo, el lenguaje literario con el que trata ese asunto o anécdota. Y ese, el uso del lenguaje literario, es el gran fallo de la novela. En la contratapa, se puede leer que se describe a la novela como “prosa impregnada de poesía”. Si hay algo que el lenguaje narrativo de Rosencof no tiene es poesía. Ningún lirismo hay en la voz de un narrador externo pero que se expresa como personaje todo el tiempo, con dubitaciones y frases entrecortadas, como si emulara el estilo indirecto libre, al que se recurre, legítimamente, para reproducir los parlamentos de los personajes cuando, por una decisión estética, el autor prescinde de los guiones que marcan diálogos separados del discurso narrativo. Pero el problema es que Rosencof no prescinde de los diálogos, sino que a veces los usa y a veces intercala discurso de personajes en la voz del narrador. Esta división de niveles es lo que un crítico llamó “telling” y “showing” (“narrar” y “mostrar”). Rosencof confunde permanentemente estos dos niveles. En esto, el autor se hermana con muchos narradores más actuales que él, autores en cuyas obras el elemento “showing” invade la dimensión del “telling”, donde es más importante mostrar que decir, crear una imagen que un discurso. Todo esto en sintonía con la influencia del cine y el audiovisual en la narrativa. La “calesita cinematográfica en la cabeza” (p.25) de Doña Rosa. Una imagen, en buena parte de la narrativa actual, vale más que mil palabras.
Aún más: a todo esto hay que sumarle los notorios descuidos de estilo. Entonces ni siquiera logra la preponderancia de la imagen que busca, porque la imagen solo podrá construirse en la imaginación del lector si las palabras elegidas la evocan, la sugieren, le dan forma.
Con la transcripción de algunos pasajes que se delatan por sí solos, me sentiré eximido de explicar los errores de escritura:
“…una abuela podía tener su cuarto –el cuarto de la abuela– con sus cosas, con sus recuerdos de siempre, y el mate propio que tomaba en la puerta de dos hojas (cada cuarto tenía puertas de dos hojas), sentada en un banquito personal, y meta mate con cáscaras de naranjas, muy rico.” (p.12)
La construcción de la imagen para teñir de color a la anécdota se ve reiteradamente fisurada por un uso inexacto del lenguaje, excedido de rasgos de oralidad, con poco trabajo estético:
Además había tres banquitos. Bajos, materos. Uno un poco más largo, como para dos, apretados. En lugar de patas tenían un madero al que al pie, centrado, le habían serruchado un triángulo para dar aire a las patas. Estaban sin pintar y erran como tres perritos que iban de un lugar a otro.” (p.23)
Y no pocas veces el lector se encuentra con desaciertos que son difíciles de creer en un narrador con tantos años de escritura:
“…el carbón de la carbonería que estaba a la vuelta, a la vuelta de la casa que no es la de donde ahora está doña Rosa, es la de antes.” (p.27)
Bien podría haberse reescrito esta frase del siguiente modo: “…no es la que ahora habita doña Rosa; es la de antes”.
Podríamos salvar algún episodio risible, como el del embaucador que vende agua del arroyo Pantanoso como si fuera agua sagrada del Río Jordán. Pero es una escena cómica en un mar de imágenes melancólicas y anodinas, dignas de un álbum de fotos en sepia. Es curioso que Rosencof no siga potenciando su estilo “natural”, que es el cómico, cuando tiene demostradas tan buenas credenciales con el sainete, como con “¿Quién paga el pato?”, por poner un ejemplo.
Una ligera analogía entre dos desalojos (el de Rosencof y el de Florencio Sánchez) nos deja ver una evidente diferencia en la construcción de la conciencia de un personaje: Doña Rosa, cuando vienen los hombres de traje a traerle el papel del desalojo, les convida con torta de miel, simpática, inocentona, porque no se da cuenta de la situación debido a su calidad de analfabeta. En “El desalojo” de Sánchez, Indalecia, que no es ni por asomo lo que se dice la mujer letrada, tiene en su reacción ante la injusticia un sentido político que Sánchez ilustra magistralmente en su sátira naturalista, y que Rosencof está muy lejos de sugerir en la Doña Rosa de esta novela.

Con solo 95 páginas, con un tipo de letra generosamente agrandado, con un margen también generoso, Alfaguara saca a la venta un libro tan estratégico como intrascendente, de un autor que asegura ventas pero no calidad.

martes, 22 de agosto de 2017

Respuesta a la "crítica de la crítica" de Gortázar




Respondo, en esta entrada, a las alusiones que Alejandro Gortázar ha publicado en su blog con respecto a mi reseña sobre su último libro de Jacinto Ventura de Molina.
La entrada de su blog comienza mencionando que Martín Palacio Gamboa y yo reseñamos su libro para el Semanario Brecha para, luego, lamentar que mi reseña no pueda ser adjuntada porque “Brecha no comparte en Internet todo su material” pero sí adjunta la reseña de M.P.G, dado que el autor lo autorizó a publicarla.
Me pregunto por qué no me pidió a mí también que le enviara mi reseña, lo que con gusto yo también hubiera hecho. Supongo que porque se olvidó sencillamente. Sin embargo, las circunstancias me conducen a suponer otras cosas (¿quiere responderle en su blog a una reseña que los demás no pueden consultar inmediatamente, lo que la convierte en un interlocutor más fácil de rebatir?; ¿quiere “sugerir” que si uno de los autores lo autorizó a publicar su reseña, el otro (yo) se habría negado?). Dejemos de lado este detalle, que, aunque me descolocó por enigmático, no hace al centro de la respuesta.
El siguiente párrafo invita a cierta manera de ejercer la crítica construyendo conocimiento juntos, a través del debate público, práctica con la que estoy absolutamente de acuerdo, y que acepto con entusiasmo.
Antes de comenzar, quiero resaltar que el periodismo tiene ciertas reglas de formato, por lo cual no pude (en mi nota en Brecha) extenderme demasiado en ciertos puntos en los que me hubiera gustado extenderme, así como también tuve que dejar de lado otros argumentos, observaciones y precisiones que constantemente iba apuntando al margen del libro, que, vuelvo a repetir, es sumamente rico, serio y bien escrito.
Gortázar enumera las críticas a mi nota, así que me resultará muy cómodo responder haciendo alusión al número que él les fue adjudicando.
La “crítica uno” es sobre el concepto de “idealismo social” como principio rector de buena parte de la crítica literaria, sea esta académica o más informal. Quiero recalcar que el concepto es de Harold Bloom, no mío. Yo, sin embargo, hago uso de él y eso, en buena medida, me hace partícipe de aceptarlo como verdadero. Gortázar es ambiguo en este sentido: dice, por un lado, que reconoce que este movimiento “existe desde hace muchos años y hoy está precisamente en desuso en la Facultad de Humanidades, dado que la mayoría de los profesores del Instituto de Letras, y de muchos otros intelectuales uruguayos en distintos lugares de poder dentro del campo intelectual, coinciden más o menos con las ideas de Bloom (y Muniz) respecto a esta “escuela del resentimiento””, que se formó en “esa línea de pensamiento que articuló, en los noventa, el pensamiento latinoamericano de los setenta con las “modas” del pensamiento metropolitano”, y luego dice que “no creo que sea tan fácil trasladar el debate norteamericano de los años noventa a la situación actual” (solo hace falta entrar a los portales de la mayoría de las Universidades norteamericanas y ver las investigaciones literarias que se están llevando a cabo para notar que no es un movimiento de los años 90 que está en desuso: lo mismo con las Universidades latinoamericanas) y que se queda con las ganas de saber “en qué sentido mi trabajo puede ser leído como “idealista”. Creo que Harold Bloom es suficientemente claro en la cita que traigo a colación para que tenga que explicarla más: el de Jacinto Ventura de Molina es un trabajo de “rescate” de un figura intelectual que, debido a su raza, tuvo difícil la concreción de sus metas como artista y como intelectual, y por lo tanto, aunque sus textos no tengan valor estético e intelectual (ni hayan sido planificados como “obra”) es necesario inventar esa “obra”, inventar un “autor”, hacerle una biografía resaltando todo lo víctima que fue, todo lo mal que la sociedad lo trató, para justificar que sea necesario mostrar y exponer esta obra. Esto es, a todas luces, abandonar los criterios estéticos por criterios de justicia social.
Gortázar me señala que recurrir a los criterios puramente estéticos cuando un autor ni siquiera se percibió como “artista” (y según él ni siquiera cabría la palabra en esa época, dado que no hubo autonomía de literatura y otros tipos de discursos hasta el Romanticismo) sería algo anacrónico y castrante para evaluar los textos de J.V. No estoy de acuerdo. Yo creo que J.V se daba cuenta a la perfección que utilizaba dos tipologías textuales distintas cuando escribía un poema o cuando redactaba una carta al Gobierno para solucionar un menester político. Creer que no se puede evaluar estos dos textos con criterios distintos (el primero estético, el segundo ético) es desconocer la teoría literaria desde Aristóteles hasta la Modernidad.
Respondiendo a la “crítica dos” quiero decir que me resulta curioso que J.V nunca se haya propuesto ser un artista, como dice Gortázar, siendo que escribió versos tan hermosos como los que citaré a continuación (tomados de la antología que publicaron en 2008 Gortázar, Pitetta y Barrios):

Dios, mar de ciencias agota
Todo el saber en si mismo
Y a los hombres de este abismo
Comunica alguna gota
Ni una tilde ni una gota
Supiera hombre formas
Si con el más singular
Estudio y atención suma
Su débil ingenio y pluma
No mojara en este mar.

O como los siguientes:

En una oscura prisión
Y en un calabozo estrecho
Vive allá dentro del pecho
Escondido el corazón.
Una interna pulsación
Solo le da a conocer;
Y porque nadie entender
Pueda su interno sentir
Primero elige morir
Antes que dejarse ver

Estos poemas son citados en uno de los prólogos a la antología del 2008 por José Manuel Barrios, quien, afín al criterio de Gortázar, dice que estos poemas son “sonetos mal escritos” que, por el hecho mismo de ser mal escritos, atentan contra el saber normalizador y colonizador. Es cierto que esto no lo escribió Gortázar, pero él fue el coordinador de esta publicación, por lo cual este prólogo pasó por su mirada y él le dio el visto bueno. Bien… no son sonetos mal escritos: son décimas bien escritas. Las décimas (diez versos octosílabos) se desprenden del viejo romance español, que se tradujo en excelentes romances hispanoamericanos (como los que recopiló Menéndez Pidal en su venida a América), y son el basamento del origen de la poesía rioplatense, gaucha y gauchesca.
Siguiendo los criterios estéticos, hubiera sido sumamente interesante estudiar la vinculación de Jacinto Ventura con la poesía rioplatense octosílaba, y por lo tanto, con los cielitos de Bartolomé Hidalgo, por ejemplo. Máxime teniendo en cuenta que sus posturas políticas eran diversas. O se podían haber estudiado tantas otras posibilidades que son vedadas al elegir analizar a un autor en base a criterios de justicia social…
Gortázar denomina a la “crítica tres” con el sublema “las cosas por su nombre”, sugiriendo que es “aculturación” lo que yo denomino “educación”. Pienso que si se utiliza el término “aculturación” hay que ser preciso con los alcances del término. Gortázar dice sin precisar demasiado que es un “viejo concepto de la antropología, que remite a procesos de culturas que se imponen sobre otras”. Pereda Valdés, en “Introducción a la antropología cultural”, dice que la “aculturación” pasa por un proceso de cuatro etapas: las dos primeras, “competencia” y “conflicto”, que es cuando las dos culturas chocan y generan rispideces, y las últimas “acomodación” y “asimilación” que son dos derivaciones posibles de los choques iniciales: la “acomodación” describe el proceso por el cual la cultura que resulta subalterna se adapta equilibradamente a la cultura hegemónica, pero sin tomar todos sus elementos; la “asimilación” es un proceso más profundo por el cual la cultura hegemónica penetra todo intersticio de la cultura subalterna, borrando sus especificidades. Creo que el caso negro en Uruguay siempre fue de “acomodación” y nunca llegó a ser “asimilación”: que se mantenga vivo el candombe, los cultos religiosos afrobrasileños o que en su momento Ventura pudiera conseguir el lugar para realizar bailes para negros dan cuenta de esto.
No voy a negar lo evidente: en la formación de las ciudades en América Latina se dio el proceso de discriminación y separación de los “castas” (todos los individuos no blancos) en suburbios que rodeaban a las ciudades. Esto lo describe muy detalladamente José Luis Romero en “América Latina: las ciudades y las ideas”. Pero esta larga duración discriminatoria no debería llevarnos a concluir que cualquier “casta” al que se le enseña el evangelio y se le alfabetizara estaba siendo víctima de una “aculturación”. No puedo dejar de ver “educación” en este proceso, que por otra parte fue el elemento indispensable para que se forjaran las nociones de “derechos” para todo el mundo. El cristianismo le sirvió a Ventura de Molina para saber que si todos somos hijos de Dios, en el fondo, somos todos iguales. En este sentido, es importante distinguir el proceso colonizador de los católicos, por un lado, y de los protestantes, por otro. Estos últimos fueron realmente salvajes en su aculturación y destrucción de los pueblos no europeos.
En la “crítica cuatro”, Gortázar intenta rebatir esta idea que yo sostengo con respecto a que Uruguay es un país de avanzada en derechos sociales si comparamos con otros países importantes de la época, no si evaluamos con conceptos actuales: eso sería pecar de anacronismo. Es evidente que hoy veamos con desprecio que las mujeres, los analfabetos, los bebedores, los jornaleros o los deudores del Estado no pudieran votar. Pero basta consultar Constituciones y costumbres de esa misma época en otros lugares para darnos cuenta de que tan mal no andábamos. Repito: el pasado se debe evaluar sin extrapolar valores actuales.
Gortázar sostiene en el libro que la ciudadanía dispuesta en la Constitución del 1830 es “excluyente” (todas lo son) y “falocéntrica”. También es confesional, pero eso es normal para la época. Uruguay se quitó de encima muy temprano lo de falocéntrico y confesional. Cuando habla de la “ley de vientres” (p.51) de 1825, no hace alusión a los “patronatos” como medida de transición hacia la abolición definitiva de la esclavitud. Solo resalta que “la esclavitud y los significados que la cuestión étnico-racial tenían en la sociedad montevideana no cambiaron sustantivamente con la Constitución”. Yo creo esencial el matiz en este tipo de afirmaciones, y mantengo mi postura de que la Constitución y el asentamiento de una República liberal de ciudadanos con derechos es un salto cualitativo radical en todo lugar donde surge, midiéndolo con la vara de su propio pasado inmediato, y con el sistema de creencias y valores imperante.
Admito que me equivoqué al decir que Jacinto Ventura era hijo de “brasileros” pero Gortázar dice en su blog que no podían ser brasileros, entre otras cosas, porque eran esclavos, cuando en el libro dice que eran libre la madre y liberto el padre. Pongámonos de acuerdo.
Gortázar admite que no era el artículo 7 sino el 8 el que quiso citar en su trabajo, y por el cual Ventura de Molina quedaría comprendido en la noción de ciudadano legal, no natural. Perfecto. Pero de todos modos el Estado uruguayo debía solicitarle documentación que de alguna manera atestiguara su estadía durante tres años en el territorio, o la tenencia de un hijo nacido en el territorio, o el matrimonio con una mujer nacida en el territorio. Y no solo a él: se lo solicitó a todo el que estuviera en su condición, porque desde que hay principio liberal de igualdad ante la ley (que se va puliendo y mejorando con el tiempo) “naides es más que naides”. En definitiva, que es importante separar el racismo de las mentalidades de una época de las Instituciones que impedirán que esas mentalidades actúen caprichosamente.
En la “crítica cinco” es que quiero retomar lo de la característica uruguaya “de avanzada” con respecto a otros países importantes de la misma época. Uno puede entender movimientos extremos como los “panteras negras” en EEUU o la gran movilización de Martin Luther King, o que el primer negro que en los años 60 ingresara a la Universidad por orden del presidente Kennedy escoltado por militares para protegerlo, si conoce que en Estados Unidos existió (y existe) un movimiento tan radical y asqueroso como el Klu Klux Klan, integrado por racistas que colgaron negros de los árboles durante la Guerra de Secesión. Comparar esa barbarie con Uruguay casi no tiene sentido. Dice Gortázar que  La demostración de “avanzada” de Uruguay puede ubicarse en el batllismo, tal vez en el caso de Varela, pero no para el caso de la esclavitud.” Yo creo que sí puede concebirse para el caso de la esclavitud, si hacemos un análisis comparado con países que tuvieron una conquista y colonización inglesa protestante.
En cuanto a negar que se es “antieuropeo” o “antioccidental” y aún así seguir sosteniendo que el proyecto moderno y civilizatorio contiene en su interior el germen de la destrucción de pueblos “no europeos”. Yo creo que el proyecto moderno y civilizatorio occidental tiene por propósito luchar, en la medida de lo posible, contra la destrucción de cualquier pueblo sobre cualquier otro pueblo. Así que en esto hay un desacuerdo ontológico entre Gortázar y yo.
La mención que hago a la práctica esclavista de cartagineses y árabes como primeros esclavos negreros de la historia tiene sentido para relativizar esta actitud antimoderna o antioccidental.
El libro de Néstor Hormiga Kandame que menciono se titula “Canarios y esclavos en el origen del Estado uruguayo”, y lo menciono no para desvestir una víctima y para vestir a otra, sino para recalcar lo innecesario que es crear víctimas para analizar la producción letrada solo por el hecho de su procedencia social. Advierto que esta práctica, en un tour de force que habría que evitar pero que abierta la canilla podría suceder, habilitaría la posibilidad de que alguien analizara la obra de Felisberto Hernández teniendo como principio analítico el hecho de que Hernández padre fue un canario y el pueblo canario fue esclavizado en Uruguay. Eso es un hecho histórico indiscutible, pero Felisberto Hernández trasciende su contexto o la historia de su pueblo para escribir literatura. Y estoy seguro de que Jacinto Ventura, bien abordado, hace exactamente lo mismo. Soy consciente de que estos dos ejemplos no son exactamente lo mismo y no la quiero jugar de “retórico” o de “falsa conciencia”; simplemente traigo la cuestión de cuál es el límite para considerarse víctima y no tener que ser evaluado estéticamente para ingresar o no al canon literario uruguayo.
Es por esto último que creí que era evidente que cuando digo que lo que se extraña en el libro es la obra misma de Jacinto Ventura, no digo que extraño no conocer ningún texto suyo (consulté la antología que Gortázar me señala), sino que lo que digo es que se extraña que Jacinto Ventura de Molina sea evaluado por su producto y no por el contexto en el que surgió su producto. No hace falta mencionar el contexto realmente adverso en el que Emily Dickinson produjo su poesía porque esta, en sí misma, logra trascender su contexto. Lo mismo ocurre con Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Delmira Agustini o María Eugenia Vaz Ferreira; y para no dejar de lado la cuestión étnica, esto mismo ocurre en Estados Unidos con Langston Hughes o James Baldwin.
Y dejo por acá este comentario porque se hizo largo y porque ya voy a comenzar a repetirme en mis argumentos. Dije lo que pienso y lo defiendo, tanto en la reseña de Brecha (algo acotadamente) como acá (más explayadamente).

sábado, 5 de agosto de 2017

Misantropía en clave ecológica



¿PRODUCIR Y CONSUMIR MENOS?

Recientemente, varios medios de comunicación han alertado a sus lectores sobre la disparidad entre dos indicadores que demuestran una presunta sobreexplotación de la tierra llevada a cabo por el ser humano: la huella ecológica (lo que el humano produce) y la biocapacidad (lo que la Tierra puede generar).

Por ejemplo, Montevideo Portal publicó el 2 de agosto una nota referida a este tema, en cuyo copete puede leerse que "En 1969 el mundo consumía al mismo ritmo que la tierra producía, una situación que año a año fue degradándose a causa de la sobreexplotación de la tierra y el mar y que ha provocado que en 2017 la capacidad que tiene el planeta de regenerarse de forma sostenible se acabe este miércoles".

El día anterior, 1 de agosto, Gerardo Honty escribía su nota "Ya nos comimos la Tierra" en la diaria, donde apuntaba algo similar a la cita de Montevideo Portal: "En la década de 1970 se llegaba a este límite sobre los últimos días de octubre; pero este año, ese día será mañana."

Ninguno de los dos medios problematiza esta aparente verdad: que la CAUSA de que la huella ecológica supere la biocapacidad es la SOBREEXPLOTACIÓN HUMANA de los recursos naturales.

Pero lo cierto es que este supuesto axioma parece inducir al lector a creer que "sobreexplotación" significa explotación innecesaria, ambición, capitalismo, avaricia: una imagen caricaturesca digna del corto animado "Man" de Steve Cuts, que tuvo en YouTube más de veintidós millones de visualizaciones. Llamemos a este axioma "culpa antropocéntrica".

La "culpa antropocéntrica" es un axioma que deja entrever que, en 1969, como dice la primera nota citada, o durante los años setenta, como dice la segunda, la población mundial era, de alguna forma, más consciente de la importancia de un consumo sostenible, armónico con la regeneración natural, que hoy en día.

Pero un detalle que ninguna de las dos notas aclara es que en 1969 la población mundial era de poco más de tres mil millones de habitantes (3.558.117.546), durante los setenta osciló entre tres mil seiscientos millones (3.632.007.495)  en 1970 y cuatro mil trescientos millones (4.308.410.980) en 1979, mientras que en 2017 la población mundial es de siete mil millones cuatrocientos mil (7.486.520.598) habitantes. Esto quiere decir que la población humana aumentó más del doble en 48 años, en tanto que la huella ecológica ni siquiera llegó a duplicarse en este tiempo, y la biocapacidad de la Tierra no aumentó, sino que es la misma. En 1970 la humanidad consumía 0.8 Tierras; actualmente consume 1.4.
Por lo que podríamos alegar que no solo NO se produce y se consume más (en la ecuación biocapacidad-demografía), sino que quizá ni siquiera se produce y se consume lo que se debería para garantizar el bienestar de todos. Aún si hubiera una distribución justa de la riqueza, los alimentos, medicamentos, vestimenta, viviendas y otros productos necesarios para la vida humana digna, lo que extraemos de la Tierra no nos alcanza.

UN "PLUS" NO ANTROPOCÉNTRICO

Lo que la "culpa antropocéntrica" no deja ver es que gran parte del consumo de recursos no lo realiza el ser humano o sí lo realiza pero no lo destina a su propio bienestar.

Hay siete mil millones de seres humanos y aproximadamente 8,7 millones de especies animales no humanas, de las cuales solo hemos identificado 1,3 millones, "lo que significa que aproximadamente el 86% de las especies terrestres y el 91% de las marinas aún no se han descubierto", publicaba la BBC en 2011. ¿Qué comen, qué papel juegan en la cadena alimenticia entre animales no humanos, qué "huella ecológica" causan? No lo sabemos. Y no nos importa demasiado si ya hemos decidido que el humano es el principal culpable de todo.

Pero lo que sí sabemos con algo más de certeza es la huella ecológica que causan las mascotas, es decir, el bienestar que destinamos a los animales de compañía.

Nestlé es la empresa N°17 más rica del mundo (la primera más rica en comercio de productos alimenticios en general). El 5to rango de productos más vendido de esta empresa fue PetCare, destinado a alimentación y cuidado de mascotas.

La empresa N° 18 más rica del mundo es Procter & Gamble. En 2011 "...las ventas netas del Cuidado de Animales de Compañía aumentaron el siete por ciento a $850 millones en incremento de volumen del un por ciento."

Solo para que se pueda apreciar la magnitud de estos datos, en apariencia menores, el mismo ranking de empresas más ricas del mundo ubica a VISA en el puesto 25, a Coca-Cola en el 32, a Philip Morris en el 36, a Pepsico en el 43, a Unilever en el 47, a Mastercard en el 55 y a McDonald´s, logotipo del imperialismo, recién asomando tímidamente en el puesto 69.

La tenencia de mascotas en el mundo ha aumentado considerablemente en los últimos años, y los estudiosos de mercado, que no son tontos, han visto en esta práctica una posibilidad de producir nuevos productos y aumentar las ventas. Y sí, nuestros queridos animales también aumentan la huella ecológica.

SOBREVIVIR NO ES PARTE DEL PASADO

El axioma de la "culpa antropocéntrica" crea la ilusión de que el ser humano, al ser la especie más inteligente, tiene la supervivencia asegurada, y hace creer que el uso de los recursos que hacemos de la Tierra son, mayoritariamente, gastos banales que podrían evitarse si fuéramos más austeros.

Básicamente, el ser humano evolucionó en desventaja física y fisiológica con respecto a las demás especies de animales que viven en condiciones naturales. No tenemos garras, ni pelaje ni somos lo suficientemente veloces o fuertes. Si no hubiéramos creado la civilización, habríamos desaparecido como especie haría mucho tiempo, así que la preocupación con respecto a si hemos ido demasiado lejos con el avance de la civilización solo puede darse, paradójicamente, gracias a que la hemos llevado a cabo.

CAMINANTE SON TUS HUELLAS

Veamos las dos principales causas de la "huella ecológica":

  • 47.5% Quema de Combustibles Fósiles

Quemamos combustibles fósiles, como carbón, petróleo y gas natural, básicamente para cocinar, calentarnos, transportarnos, o darle energía a las industrias que fabrican nuestros alimentos, vestimenta y medicamentos. Con energías renovables no podríamos producir la cantidad que producimos al precio que lo hacemos. Y ya hemos dicho que nuestra producción ha disminuido en relación con la demografía mundial.

  • 22.0% Agricultura

Utilizamos la tierra para cultivar nuestros alimentos, o los alimentos que les daremos a los animales, no solo los que nos comeremos, sino también los alimentos de los que nos hacen compañía y los que cuidamos, dado que somos la única especie animal que se preocupa o que intenta preocuparse moralmente por las demás especies, o que puede hacer prevalecer la ética al instinto de supervivencia.

Estamos vivos y viviendo una vida relativamente digna gracias a la razón humana, al avance de la ciencia, de la medicina y de la tecnología, así que antes de culparnos gratuitamente por todos los males del mundo, deberíamos ser más agradecidos con lo bien que hemos hecho al intervenir en la naturaleza, que de por sí es cruel y hostil con el ser humano, para salvarnos y sobrevivir.

Y si el miedo principal es que desapareceremos, lamento decirles que sí: desapareceremos, como todas las especies que han formado y forman la vida en este planeta Tierra.

El antropoceno tuvo un principio y tendrá un fin. Disfrutemos y vivamos lo mejor posible en esta naturaleza cruel e injusta. Así es la vida...



FUENTES CONSULTADAS (por orden de aparición en el texto):

1. http://www.montevideo.com.uy/contenido/A-partir-de-este-miercoles-la-Tierra-vive-de-prestado--350675

2. https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/8/ya-nos-comimos-la-tierra/#!

3. https://www.youtube.com/watch?v=WfGMYdalClU

4. http://countrymeters.info/es/World

5. http://www.bbc.com/mundo/noticias/2011/08/110824_especies_censo_am.shtml

6. http://economipedia.com/ranking/empresas-mas-grandes-del-mundo-2017.html

7. https://es.statista.com/estadisticas/599695/ventas-mundiales-de-nestle-por-tipo-de-producto-en/

8. https://www.news-medical.net/news/20110805/6355/Spanish.aspx

9. https://es.wikipedia.org/wiki/Combustible_f%C3%B3sil

10. https://es.wikipedia.org/wiki/Huella_ecol%C3%B3gica#Huella_ecol.C3.B3gica_mundial_por_actividad_.282003.29

miércoles, 19 de julio de 2017

Una visión trascendente


(Real de Azúa joven - Ombú)


El año pasado se cumplieron 100 años del nacimiento de Carlos Real de Azúa. Este año se cumplen 40 años de su muerte. Las conmemoraciones y los aniversarios siempre son una buena excusa para revisar y revisitar a las figuras conmemoradas. Pero… ¿por qué es importante un repaso por la obra de este hombre, nacido el 15 de marzo de 1916 y fallecido el 16 de julio de 1977? No solo porque fue, a la vez, abogado, profesor, crítico literario, historiador, teórico de la cultura y uno de los iniciadores de la ciencia política en Uruguay; sino más bien por el hecho de haber navegado (y naufragado) en todas estas disciplinas con una actitud siempre abierta, desprejuiciada, antidogmática, inorgánica, libre, sin otras exigencias que, en primer lugar, comprender, como necesidad intelectual, y buscar una posibilidad de trascendencia para su país, como necesidad humana, en un contexto de plena modernidad profana, que ha depurado a los pueblos de las ligazones comunitarias y religiosas que le daban sentido y cohesión, sin ofrecer nada a cambio, dejándolos desamparados en una suerte de nihilismo angustioso y un cientificismo que les habla en mandarín y no les da directrices morales.

LO REAL NUNCA ES UN MÁRMOL

Una de las cosas que esta nota quiere poner en tela de juicio es la calidad de “genio”, de “inclasificable”, de “único en su especie” que suele dársele a Carlos Real de Azúa, no porque no merezca todos esos elogios y reconocimientos, sino porque quedarse en ellos es aislar al autor de ser comprendido, pues no hay otra forma de comprender que asociar, clasificar, emparentar, relacionar, establecer principios, bases, comparaciones, con otros autores, escuelas de pensamiento, movimientos de época, teorías filosóficas, científicas y artísticas. Es decir, en algún punto, endiosar a Real de Azúa nos puede conducir a una parálisis intelectual, a un miedo conceptual, un miedo a emitir alguna opinión sobre sus ideas que, inevitablemente, puede resultar incompleto, insatisfactorio, reduccionista, castrador. Algo similar ocurre con Borges, por ejemplo. La amplitud de ambos, lo inabarcable de su tarea, no nos debe acobardar ni quitar el derecho a analizar, discutir y clarificar los textos de este tipo de escritores. En definitiva: destruir el mito del hombre que leyó todos los libros, para ponerlo a dialogar con los muchos, muchísimos, que sí leyó. En otras palabras: no hagamos de Real de Azúa un José Pedro Varela, un José Gervasio Artigas, un José Batlle y Ordóñez, en fin, un espectro supremo o un mármol indestructible que no dialoga con nosotros, sino que simplemente habría que contemplar en silencio de catedral o de museo. Hecha la aclaración, comencemos la herejía de analizar a Real de Azúa.

¿QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE?

A fines de 1941, Carlos Real de Azúa fue invitado a participar de una reunión a realizarse en España, donde españoles y americanos debatirían sobre “la forma de presentar al mundo la doctrina de la Hispanidad”.[i] De este debate, de esta experiencia, nace el libro España de cerca y de lejos (1943), primera obra de largo aliento del intelectual uruguayo. La pregunta es inevitable, entonces: ¿cómo Real de Azúa, un hombre joven de veinticinco años, era conocido en España antes de haber escrito su primer libro? Es curioso que un intelectual uruguayo que solo tenía en su haber algunos artículos publicados tenga impacto en España. ¿Por qué lo invitaron a él? A esta pregunta, podemos encontrar una primera respuesta. El 11 de diciembre de 1937 dictó una conferencia en la sede montevideana de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, llamada “Hispano América y el Movimiento Español”.[ii] Tal vez, a pesar de su juventud y su probable carácter anónimo, ese vínculo con la Falange, así como el interés y el estudio por los temas de la hispanidad, influyeron en la elección de los intelectuales españoles que lo invitaron. Si bien en un principio era simpatizante de algunas nociones presuntamente antimodernas que el falangismo (y los totalitarismos en general) reivindican en sus propios relatos mitificadores, el análisis incisivo de Real de Azúa en España… logró emparentar al falangismo más con la modernidad maquiavélica que él despreciaba, que con la tradición cristiana humanista, lugar ético desde el que hace sus más severas críticas al régimen español en cuestión, notando que la conjunción que los totalitarismos querían hacer entre un sistema de disciplinamiento y una reafirmación de los valores cristianos es incompatible.

“¿Qué solución aporta su fórmula del “cristianismo autoritario”, del “fascismo católico”, a la necesidad de salvar los valores espirituales […]? Nada, sino el deseo, –en tanto labios para afuera–, de conciliar. En cuanto España integre y sea solidaria del mundo totalitario, la cuestión queda sin salida”.[iii]

Lo cierto es que Carlos Real de Azúa nunca fue un intelectual “famoso”, en el restringido sentido en que un intelectual puede serlo. Emir Rodríguez Monegal sostiene que, de los escritores importantes del 45, Real de Azúa “es el que ha padecido menos la popularidad[iv].  Ruben Cotelo describe la muerte de Real de Azúa, en 1977, como “rodeada por un hosco y hasta resentido silencio”, contraponiéndola a la de José Enrique Rodó, maestro de juventudes. Cuando llegó noticia de la muerte de Rodó a Montevideo, “hubo pesadumbre y tristeza en la Ciudad Vieja, donde por entonces se concentraba la vida social de la ciudad, y hasta los estudiantes, en señal de duelo, suspendieron una manifestación de protesta contra un rector malvado”.[v]  También según Cotelo, esa negación de la fama que rondó la figura de Real de Azúa fue ciertamente buscada y querida por el intelectual: para Cotelo, hay un rasgo marcado y persistente en Real de Azúa que sería el “horror a permanecer, a fijarse, a cristalizarse, a encasillarse o a permitir que lo encasillaran y estereotiparan”, y que eso explica, entre otras cosas, que se resistiera a que lo fotografiaran.[vi] Pero nunca llegó a haber estructuralismo foucaultiano en Real de Azúa, esto es, la búsqueda de un discurso que difumine la noción de sujeto hablante comprometido, la apuesta de que “…el hombre se borraría como en los límites del mar un rostro de arena”.[vii] En la descripción que el intelectual uruguayo hace de su propio sistema teórico, el existencialismo (doctrina del sujeto responsable y actante en la construcción del mundo), mencionado como corriente de época, está presente:

“La perspectiva filosófica desde la cual estas reflexiones nacen, podría colocarse entre la trayectoria aristotélico-tomista, como línea general, con sus creencias fundamentales en el Ser, la inteligibilidad de lo real, las jerarquías de la razón, las nociones centrales de materia y forma, de potencia y acto, el realismo crítico como gnoseología, y un “espíritu de encarnación”, dentro del cual, un robusto sustancialismo de Espíritu y de cosas, salve los divorcios del idealismo. Junto a ella, la filosofía de los valores, como lenguaje expositivo e increíblemente fecundo en lo social, y las corrientes existencialistas y fenomenológicas, verdadera atmósfera del pensamiento de nuestro tiempo”.[viii]

PERSONA, TRASCENDENCIA, DEMOCRACIA

Pero la preocupación más profunda de toda la obra teórica de Real de Azúa ya está no solo esbozada sino concretamente planteada en España…, y se identifica con la preocupación espiritual del personalismo, bastante mentado en los años cuarenta. En la distinción entre “individuo” y “persona” que plantea el personalismo, Real de Azúa siempre hace preponderar la persona. El totalitarismo español, y todos los demás, son modernos en el sentido de proponer un individualismo disfrazado de personalismo cuya tensión inevitable no pueden ocultar. Dice Francisco Romero: “Individuo y persona son dimensiones por lo general opuestas, en guerra constante […] El conflicto entre individuo y persona deriva de la vasta contraposición entre vida y espíritu, discutida repetidamente en la filosofía actual.[ix] Por lo tanto, en la filosofía de los años cuarenta se reconocía una oposición entre vitalismo y espiritualismo, que es la que en definitiva Real de Azúa propone en España…. Los totalitarismos, como vitalismos que son, hacen prevalecer solamente una de las dos dimensiones que propone el personalismo: enaltecen el “deber de conducta” y olvidan el “deber de conciencia”, sin percibir, o sin importarles, que uno sin el otro no son nada.[x] A diferencia de Real de Azúa, que siente “…un asco pulcro, metódico, a toda la fraseología dinámica, heroica, austera que hace vomitar en Europa[xi], en los libelos ardientes de José Antonio Primo de Rivera se mezclaban las nociones de valores trascendentes y perennes con esas actitudes bélicas que, para el líder falangista, son las únicas que pueden defenderlas. Así se dirigía a los militares españoles desde la cárcel en 1936:

“Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora –ha dicho Spengler–, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.”[xii]

Hay, pues, una similitud y muchas diferencias entre el pensamiento de Real de Azúa en España… y los postulados de los regímenes totalitarios. Las diferencias más marcadas, más clarificadoras, ya las hemos venido comentando. Hagamos, ahora, hincapié en la similitud: la búsqueda de un “absoluto” que rija la vida humana. Pero incluso en este punto, las diferencias son cruciales. Todos los regímenes “individualistas” (según la noción de “individuo” del personalismo ya mentada), entre ellos totalitarismos, capitalismo, liberalismo (en resumen: las experiencias políticas modernas), reduccionistas de la esencia “personal”, “íntima”, “trascendente”, del ser humano, basan su “absoluto” en una noción regida justamente por una concepción materialista e inmanente del hombre. En esto, Real de Azúa es tajante: comienza su carrera intelectual como un acérrimo antimoderno y pretende, como tarea intelectual máxima, crear una democracia para todo el orbe del hispanismo, moldeada por una nueva concepción de lo humano. Para esto,  Real de Azúa, en España…, expone claramente las situaciones a las que “no podemos volver” (pp.53-54) y enumera lo que “necesitamos” (pp. 55-56), exaltando, paradójicamente, como un gran ejemplo a la democracia norteamericana.
Pero el absoluto, la “ortodoxia necesaria” que propone Real de Azúa no es meramente una esencia, sino que está compuesto por un dualismo irreductible, o utilizando la nomenclatura que hubiera gustado al propio autor, un “clivaje”. El régimen político que anhela el autor consiste en el equilibrio entre determinismo y libertad.

Será el hallazgo de la época, el régimen, que a la vez afirme una creencia sustancialista en el mundo y los valores, por encima de toda duda; en esos valores de la tradición y la razón natural que penetran con soberano imperio toda la historia; dé juego libre a una espontaneidad social que se ordene en ella, le preste raíz histórica, y a todo, una encarnación más viva, libre y copiosa.[xiii]

Real de Azúa, creo yo, pudo captar el que probablemente sea el problema político por excelencia: cómo ordenar una sociedad permitiendo, por un lado, que la democracia sea el paradigma, la libertad individual un axioma, pero, por otro lado, que eso no se derive en un atomismo individualista, sino que se pueda equilibrar con la esencia comarcal de la permanencia de lazos comunitarios espontáneos, férreos, sagrados, firmes, sin necesidad de una disciplina militar y represiva que les sirva de juez y gendarme. Para Real, este problema político no parece solucionarse con cuestiones meramente políticas, sino con un cambio de mentalidad, un cuestionamiento de la filosofía moderna, mediante el enriquecimiento que a la modernidad le pudieran brindar el humanismo cristiano y el personalismo.[xiv]

SIGA EL BATLLE, SIGA EL BATLLE…

 Toda esta crítica a la modernidad que Real de Azúa había realizado en España…, la lleva a sus últimas consecuencias en El impulso y su freno (1964), cuando realiza el análisis antimoderno en Uruguay mirando el trayecto del Batllismo, desde el accionar político del propio Batlle hasta las propuestas de sus epígonos luego de la muerte del líder colorado en 1929. La hipótesis central es de una brillantez dialéctica magnífica: el Batllismo en Uruguay coincidió con el proceso de modernización de la sociedad, y ambos proyectos (Batllismo y modernización) no concuerdan en el proyecto de hombre que, en teoría, buscan moldear, y menos con el que en definitiva, en la arena de la vida real, terminan moldeando. El Batllismo, para ser posible, necesita un modelo de hombre que, en definitiva, era el deseado por la Ilustración del siglo XVIII: autónomo, responsable, racional, desinteresado. Por su parte, la sociedad moderna y tecnologizada, crea la llamada “sociedad de masas” y en ellas el concepto de hombre es radicalmente otro:

De la “sociedad de masas” en su vertiente capitalista, que es la más típica, provienen las onerosas pautas de simplificación, infantilismo, pasividad, automatismo, superfluidad, contagio mental, anomia, vacío espiritual y el fin de todas las “fidelidades” ideológicas y tradicionales. En ese proceso estamos, y todo  el volumen de la “masa media” prefabricada, todo el estruendoso fracaso de nuestra educación en sus varios niveles lo alimenta.[xv]

La tragedia del Batllismo consistió en que, en su optimismo, no podía ver su muerte anunciada: pecaba de arielismo, es decir, de idealización del ser humano, puesto que, dadas las circunstancias materiales y calibanescas de la era moderna, era imposible que el ideal de hombre deseado por Batlle pudiera concretarse en la práctica política.

LO QUE SE IMPULSA Y LO QUE FRENA

Real de Azúa percibía que el gran problema de Uruguay databa de su mismísima formación cultural, y era, evidentemente, espiritual, valórica. Describe a nuestro país en La clase dirigente (1969):

Un país, para comenzar, por su situación geográfica y el tardío asentamiento de su estructura administrativa y cultural, ideológica y demográficamente abierta. Lo que quiere decir, también, y más en concreto, menos monolíticamente hispano-criollo y menos ortodoxamente católico que cualquier otro de Hispanoamérica. El Río de la Plata y su virreinato fueron hijos de la España borbónica e “ilustrada”, una filiación que los aleja mucho más que al resto del “reino de Indias” de las pautas de conducta y los valores de la Contrarreforma.[xvi]

Uruguay está, según Real, desde su origen, privada de una unidad espiritual hispánico-católica que la hubiera dotado de sentido y de conciliación social. Esa apertura demográfica y cultural, más ese sustrato protestante y galicano, le parecen, a diferencia de lo que hubieran pensado los integrantes de la Generación del 900, un aspecto notoriamente decadente de nuestro espíritu. Aquí puede apreciarse una larga duración, una continuidad en el pensamiento de Real, presente desde España… (1943) hasta, al menos, La clase… (1969): el papel del hispanismo como espiritualizador de la modernidad, tanto en el país como en la región.
Sin embargo, Real también tuvo sus cambios drásticos, en especial con respecto a la posición sobre Rodó: plegado a los “antiarielistas” que tuvieron su auge en los años 30 (en el ámbito local encabezado por Alberto Zum Felde y en el continente por Luis Alberto Sánchez), termina por establecer una sesuda “defensa” de Rodó en Historia visible e historia esotérica (1975), en donde incluye, junto a otros textos de reivindicación de Rodó, un texto rotundamente crítico con la obra crítica de Sánchez y de toda la “reacción antiarielista”.[xvii]
Por otra parte, las mutaciones de Real fueron haciendo que las valoraciones que otros han tenido sobre él también fueran cambiando, o al menos matizándose. Si no hubiera sido por el esfuerzo de Carlos Quijano, Real de Azúa habría tenido dificultades para entrar a escribir en Marcha, por las resistencias que generaba su pasado político en los otros integrantes del semanario; sin embargo, comenzada la erudita exposición que Real hacía nota tras nota, nadie pudo negarle que se merecía su puesto. Emir Rodríguez Monegal lo evalúa como “el ensayista más valioso, el más típicamente fermental y enriquecedor de su período”, para concluir que “Hay en Real de Azúa una pasión política y hay también una pasión histórica. Las dos están entrañablemente unidas pero su inteligencia le permite distinguirlas y aprovechar conjuntamente sus aportes para una visión tercera que supera a las dos: una visión trascendente”.[xviii]
Esta “trascendencia” de la que lo dota el juicio de Rodríguez Monegal es implícitamente corroborada por Ángel Rama, que recuerda la muerte de Real en un apunte de su diario personal el 25 de noviembre de 1977, un día que estaba triste: “Me siento como cuando la muerte de Carlitos Real (de Azúa), con la sensación de que me desnudan y disminuyen, que es a mí que me quitan algo constitutivo que no me gusta perder”.[xix]



Fabián Muniz
Publicado originalmente en Brecha, 14 de julio de 2017.


[i] REAL DE AZÚA, Carlos. “España de cerca y de lejos”. Montevideo: Ceibo, 1943, p.9.
[ii] ZUBILLAGA, Carlos. “Una historia silenciada. Presencia y acción del falangismo en Uruguay (1936-1955)”. Montevideo: Cruz del Sur, 2015, p.255.
[iii] REAL DE AZÚA, op.cit., p.74.
[iv] RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir. “Literatura uruguaya del medio siglo”. Montevideo: Alfa, 1966, p. 393.
[v] COTELO, Ruben. “Carlos Real de Azúa de cerca y de lejos”. Montevideo: Ediciones del Nuevo Mundo, 1987, p.8.
[vi] COTELO, op.cit., pp. 14-15.
[vii] FOUCAULT, Michel. “Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas”. Buenos Aires: Siglo XXI, 2008, p.398.
[viii] REAL DE AZÚA, op.cit., p.20.
[ix] ROMERO, Francisco. “Filosofía de la persona”. Buenos Aires: Losada, 1944, p.12.
[x] Para profundizar en los conceptos de deber de conciencia y de conducta, ver. ROMERO, op.cit., pp.14-17.
[xi] REAL DE AZÚA, op.cit., p.57.
[xii] PRIMO DE RIVERA, José Antonio. “Obras completas”. Madrid: Ediciones de la Vicesecretaría de Educación Popular de F.E.T y de las J.O.N.S, 1945, p.671.
[xiii] REAL DE AZÚA, op.cit., pp.98-99.
[xiv]  España de cerca y de lejos”, entonces, es un libro marcadamente personalista. Y el personalismo, parafraseando lo que Sartre proclama con respecto al existencialismo, “es un humanismo”. El humanismo, en conexión al personalismo, tuvo, por los años cuarenta, una presencia bien marcada en el pensamiento latinoamericano y en el europeo.
[xv] REAL DE AZÚA, Carlos. “El impulso y su freno”. Montevideo: Biblioteca Artigas, 2009, p116.
[xvi] REAL DE AZÚA, Carlos. “La clase dirigente”. Montevideo: Nuestra Tierra, 1969, p.14.
[xvii] REAL DE AZÚA, Carlos. “Historia visible e historia esotérica”. Montevideo: Arca/Calicanto, 1975, p.128.
[xviii] RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir. Op.cit., pp. 393 y 405 respectivamente.
[xix] RAMA, Ángel. “Diario 1974-1983”. Montevideo: Trilce, 2001, p.92.